—¿Hay algo más que quiera decir?
—Que me mate un rayo.
—Ya lo dijo antes, otro día, ¿por qué la insistencia?
—Verá: las posibilidades de una muerte por rayo son en realidad mínimas.
—Así es.
—Pero nunca nulas.
—¿Y?
—Muera usted por un rayo y no faltará quien diga que es una inmensa casualidad, la confirmación de que el infortunio es selectivo. Ahora bien: lo que sería una casualidad todavía mayor, es que usted muera por un rayo justo el día en que habló de ello. Multiplique ambas probabilidades y el evento se acercará al imposible. ¿Imagina ahora usted a la gente diciendo "pobre de él, lo partió un rayo, y apenas hoy por la mañana hablaba de eso"?
—Casi no.
—Es probable, pero es menos probable que ser muerto por rayo así nada más.
—Ya veo: si quiero evitar al diablo, hablo con él.
—El miedo salva.
De la entrevista que nunca me harán
Alfonso Ochoa
—Y, después de su rotundo fracaso ¿sigue teniendo la misma idea de la fe?—Sí. La fe es un instrumento poderoso.—Pero ha ayunado por veinte días, ha permanecido en silencio, concentrado y orando, ha cantado alabanzas inentendibles todas las noches, y la montaña no se ha movido un sólo centímetro.—En lo dicho. Nunca subestime usted la fe de una montaña.
—¿Se escribe en la tristeza?
—Sí, pero se escribe mal.
—Pero es un acto purificador.
—No sé escribir bajo el agua, con el ademán del hombre ahogándose.
—"Puedo escribir los versos más tristes esta noche", ¿cree que exista alguna frase que cuente mejor el momento de la tristeza?
—Desde luego.
—¿Cuál?
—"No puedo escribir los versos más tristes esta noche".
—Sí, pero se escribe mal.
—Pero es un acto purificador.
—No sé escribir bajo el agua, con el ademán del hombre ahogándose.
—"Puedo escribir los versos más tristes esta noche", ¿cree que exista alguna frase que cuente mejor el momento de la tristeza?
—Desde luego.
—¿Cuál?
—"No puedo escribir los versos más tristes esta noche".
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